Gabo y yo

En conmemoración a los cien años del nacimiento de Octavio Paz, Antonio Alatorre compartía sus memorias de los encuentros con el nobel mexicano en una crónica titulada “Octavio Paz y Yo”. A diferencia de él, yo, jamás tuve el más mínimo contacto con García Márquez, salvo ese mismo que el lector regular habrá mantenido a través de su obra. Y por favor no se sobreentienda que doy por sentada su lectura. En cierto modo, preferiría referirme a quienes ni siquiera guardan la noción más elemental del nobel -aunque eso sea como buscar alguien que no sepa quién es Shakira o El Pibe-, o quien escuchando esos dos apellidos toda su vida, por algún u otro motivo jamás incursionó en su obra.

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(Los envidiosos dirán que es un montaje)

En Colombia es difícil. Su omnipresencia escolar y cultural me recuerda un fragmento del cuento La Posmodernidad explicada a las putas del mexicano Guillermo Fadanelli que a continuación refiero.

Un par de niños disputan la instancia final de un concurso literario celebrado en México. Como en una tanda de penales la última pregunta decide al ganador. El animador interpela:

 – ¿Quién fue el autor de La Divina Comedia?

– Octavio Paz

 – ¡¡¡Correcto!!!

Así, toma forma esa tendencia educativa a destinar mayores consideraciones en las clases de Lengua y Literatura a quién ha sido exaltado, condecorado y colocado ante el mundo como la preeminencia de las letras nacionales. Con seguridad Fadanelli era consciente de que su curioso concurso infantil, también ejemplificaba la instrucción literaria (si así se le puede llamar) en Chile, Perú, Guatemala, Colombia y todos los países que dediquen mayor energía a su autor de más renombre. A lo largo de mi paso por el colegio, habré escuchado el apellido “García Márquez” tantas veces como los Colón, Bolívar, Ghandi o Mandela. Fueron once años de percibir ese halo de santidad casi mitológica sobre su desprevenida figura de costeño informal, de quién primero escuché (y fue lo que más resonó en mi cabeza durante años) elaboraba una especie de amalgama entre realidad y ficción.

Y el día llegó. Mucho tiempo después de haber escuchado su nombre por primera vez, mi colegio me asignaba la tarea de leerlo. Era como hacer la primera comunión. Hacía parte del rito de iniciación mediante el cual me declaraba al mundo como colombiano. Estando en sexto, hacían parte de la bibliografía anual La Hojarasca, El Coronel no tiene quien le escriba y Crónica de una muerte anunciada.

Mi primera vez con la literatura y en particular con García Márquez, la esperaba como una experiencia de fuera de este mundo. Las reverencias que anteceden su solo nombre son suficientes para infundir por lo menos curiosidad. La primera impresión, un poco de extrañeza al palpar la corta extensión de El Coronel no tiene quien le escriba, el primero que iba a leer.

Las expectativas eran altas, lo que acaeció sobre ellas no. Desde ese libro, literatura consistió en diseccionar la obra en el marco de una perversa asignación llamada “análisis literario”. Este, básicamente consiste en rebanar el texto y destinar cada incisión a un requerimiento concreto: los personajes, el espacio, el tiempo, la trama y una hipócrita opinión personal que no disimula la tecnicidad del ejercicio. Como se imaginarán y como les pudo haber pasado si alguna vez llevaron a cabo esta labor, nada hasta ese momento me había parecido más impersonal. El coronel no tuvo la culpa del distanciamiento.

Una especie de incertidumbre me hacía sentir culpable. La incertidumbre del que ignora lo que todos conocen, pero no ignora que lo ignora. ¿Cómo era posible que no hubiese disfrutado de García Márquez? Llegué a temer una excomunión, me sentía un apátrida. La historia de un par de ancianos que esperan toda su vida una pensión no pudo parecerme más que simple. El informe por fortuna en medio de su gris frialdad de morgue había sido todo un éxito. Contenía exactamente lo que era solicitado y lo que hasta el día de hoy me pregunto si era en verdad lo que la profesora esperaba.

Tal fracaso se convirtió inevitablemente en mi plataforma para abordar las otras dos novelas. La desazón transmutó en molicie y esta a su vez en desagrado. Seguramente también influyó el cenit de mi adolescencia (etapa propensa al ocio) que lo último que permitía era fomentar aquello con lo que me castigaban cuando incumplía alguna norma, o sea la lectura.

Hoy, cuando miro atrás y reflexiono sobre las razones por las cuales en algún momento García Márquez me resultó tan engorroso, atribuyo también la sobreexposición. Como el niño del concurso literario, entendí que las letras en Colombia vivían cómodamente a la sombra de su figura más fulgurante, de quién no esperaba menos que perfección y que al final resultó siendo inoportuna para un primíparo como yo, sumado a la agonía que me producía hacer el informe. La aversión por fortuna no trascendió a lo patológico, como sí sucedió con algunos de mis compañeros que actualmente encuentran en los libros un elemento ornamental imprescindible en el mobiliario familiar.

Apático, recuerdo haberle comentado lo sucedido a mi Papá. Casi que me excusaba con él mientras le contaba que no terminaba de comprender cómo las tramas de una mujer incapaz de dar sepultura a un desconocido, la de un tipo que terminan matando cuando uno ya sabe que lo van a matar y la del par de ancianos, le habían otorgado a este señor aquella distinción legendaria del Nobel. Por supuesto también le comenté sobre cómo el análisis literario había hecho las delicias mías y las de mis compañeros. Mi Papá, sin ser consumado amante de las letras arruga el entrecejo y dice: “Es que tienes que leer su obra cumbre, lee Cien Años de Soledad“. Es curioso cómo un remanente de voluntad hacia el escritor aún habitaba el desgano. A decir verdad, el consejo de Papá me esperanzaba. Yo había vislumbrado una respuesta del tipo “pero si su hermosura es evidente ¿no te diste cuenta?” o “si no lo disfrutaste la primera vez, ya no lo harás”. Ahora, existía la posibilidad de entender aquello que no entendía y que sentía me segregaba de la gran mayoría, aunque la gran mayoría que yo conocía estaba en las mismas que yo.

Cansino comencé Cien Años de Soledad. En ese entonces, acostumbrado a libros menos imponentes, sus seiscientas y pucho páginas amedrentaban a primera vista y sin embargo auguraban buenas cosas las historias del par de hermanos, la guerra y la nigromancia del gitano loco. No obstante los buenos presagios, eventualmente empecé a sentir que el libro se alargaba, que la novela a partir de cierto número de años sólo atinaba a prolongarse y que la centenaria historia de la descendencia Buendía no era compatible con la diversión que me habían prometido. En algún momento, súbito por cierto, el libro se me terminó.

Supe primero, a la hora de hacer el balance, que había sido una experiencia mucho menos amarga que las anteriores. Había leído a mi ritmo (por cierto en promedio me tomó menos tiempo) y sin el apremiante advenimiento del informe. Me di cuenta además, que salvo básica información formal, no retuve nada, no entendí un carajo. No fui capaz de contarme a mí mismo la trama de la historia y por supuesto a nadie más. Estaba más allá de mi control presentar una breve reseña. Ahí, en el aire, etéreo, consciente de su existencia y sin deseos de acercarme de nuevo a ella o explicarla terminaba el primer capítulo de mi historia con el nobel.

Pasaron algunos años y alcancé mi honorable diploma de bachiller académico. No sé de 24 egresados cuantos sentíamos pereza inmarcesible hacia la lectura y en particular hacia la literatura. De algún modo, me había acostumbrado a que los requerimientos hechos sobre cada texto fueran el mapa para incursionar en ellos. Como Virgilio con Dante, el lazarillo era una pregunta, la urgencia de un resumen, tal o cual figura retórica. Carecía de toda autonomía llamemos “literaria”, de una actitud resuelta que allanara sus propios caminos por las páginas de una novela. Fue por esos días, más o menos durante ese limbo existencial que sucede al colegio y antecede a la universidad, que leí por segunda vez en mi vida una novela por mi cuenta. Se llamaba Veinte mil Leguas de Viaje Submarino. Un biólogo es hecho prisionero en un submarino que viaja por las aguas del mundo. El submarino me harponeó la cabeza y por esa hendidura se filtró un libro, y otro, y uno más, y sin darme cuenta leer se convirtió en mi plan más recurrente. Por eso, cuando leí Cien Años de Soledad por segunda vez fue como dar un paso al vacío, ya no había prevención ni contención. Traía conmigo, o dentro de mí, una oquedad proclive a ser colmada con cualquier cosa. A esto sumo mi desarrollo cognitivo, ahora en capacidad de trascender una lectura literal y el de cierto paladar que en algunas ocasiones me había dejado un inexplicable buen sabor de boca.

De primerazo Cien Años de Soledad me supo diferente. Encontraba que la trama aún no me satisfacía, pero empezaba a presentir que quizá esa no era la clave. Para un neófito de la literatura, nada importa más que un argumento llamativo, de ahí que se incline por la novela policiaca o las sagas. Fue como llegar al teatro en el segundo acto. Todo muy bien pero no entendía nada. Lo había disfrutado y no sabía por qué, aunque ya asimilara el virtuosismo que implican los saltos cronológicos, la habilidad para entreverar tantos personajes sin dejar por ello ni un detalle al azar y la construcción de esa realidad ficticia.

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Años pasaron en la universidad. Para la tercera vez que leí Cien Años de Soledad había adquirido un prontuario literario que incluía lecturas ávidas de clásicos; me había llegado a deprimir por prosas tristes, pero también Cortázar y Ruben Fonseca me habían hecho cagar de la risa. Había entendido que una obra no sólo es lo que dice, también cómo lo dice. Me hice bilingüe, situación que me permitía comparar lenguas e identificar su función literaria mucho más allá de la comunicativa. Conocí al “flaco” Rybeiro, a Rulfo, de Unamuno, Carlos Fuentes y Octavio Paz. Ahora sabía que la belleza podía encarnarse en prosa y mejor aún en Español. Ciertamente mi bagaje era mucho mayor. Me iba lanza en ristre por el nobel y su trabajo más comentado.

Lo que me pasó, es lo mismo que les ha pasado si en algún momento mientras leían a Gabo -los que lo han leído- se llegaron a cuestionar sobre la posibilidad de parir hijos con rasgos animales, o de perder la memoria a medida que avanzaba el relato o de sentir el revoloteo de mariposas mientras este tipo orquestaba la música de su pluma. Entonces comprendí que Colombia estaba ahí metida; que el Nobel fue un reconocimiento a entender la belleza del Español y a desafiar deliberadamente sus fronteras; a la hazaña que implica reducir cien años de soledad en seiscientas páginas sin por ello eludir un sólo minuto. Encontré que la razón por la que antes se me acababa de súbito la novela descansaba en la invisible mano del autor que sin notarlo, me había conducido en la obturación de mis ojos con su cadencia hipnotizante. Deshice mis pasos y volví a La Hojarasca, a El coronel no tienen quién le escriba y Crónica de una muerte anunciada. Seguí de largo y conocí La mala hora, El general en su laberinto, La cándida Herendira y El otoño del patriarca. Los devoré, y al tiempo me veía unos años atrás, más que leyendo, estrellándome de frente con la delicadeza de su prosa que no por ser bella es simple, aunque en mi humilde concepto lo simple sea bello.

¿Es Gabo excluyente? Sí, lo es. No es una decisión deliberada ni mucho menos. Como el sumiller encuentra en su experiencia el artificio para regocijarse en un buen vino, o cualquier admirador de cualquier forma de arte inevitablemente empalma su bagaje con la obra, las horas leídas sensibilizan, amplían el espectro del paladar. Gabo no suele ser autor de cabecera para la adolescencia y parte de la juventud, porque para leerlo, hay que haber leído, y aún nos cuesta cultivar el hábito en casa y escuela. Yo soy de los que creen que el arte consiste en sensaciones, pero dudo cuáles pueden ser cuando número uno, se tienen once años, y número dos, este es el cuarto libro que se ha leído en la vida. Probablemente los resultados difieran en los casos que leer es ya un hábito a esa edad y en los que desde una niñez muy temprana se está dotado de una hipersensibilidad artística. Salvo esas excepciones, el primer contacto a tan temprana edad puede resultar contraproducente.

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El último capítulo de esta historia con final feliz empieza con un regalo. Una edición de pasta dura y amarilla (creo que de Oveja Negra) obsequiada por mi Tío de El amor en los tiempos del cólera. En el primer párrafo supe que sería una de esas novelas trascendentes, indelebles. De esas que invitan a rendirse, a desatender cualquier abordaje crítico, historiográfico o literario, para pasearla en exclusiva de la mano del placer. La brillantez se derrama, se desparrama en cada palabra que en su antecesora y sucesora encuentran el complemento necesario para multiplicar su gracia primigenia. Yo de renuencia a las historias románticas, he leído pocos romances así de viscerales y bellos.

¿Cuál es entonces el legado de Gabo para quién no lo conoce? ¿Por qué quién no lo conoce debería hacerlo? Cuando leí el Fausto de Goethe, sentí un impacto tan contundente que deseé apreciar el talento de quién se dice es el exponente máximo de las letras germanas en su forma original (aunque no vaya a hacer nada por ello). Aun así, si por algún encantamiento pudiera gozar de la competencia para hacerlo, mi lectura no sería plena. Tendría que haber sido coetáneo de Goethe y sobre todo su coterráneo. Sólo así su obra se arraigaría en mí y yo en ella, al punto de sentirla mía sin haberla escrito. En otro ejemplo, Borges escribe sobre el tango que no puede hacerse sin atardeceres y noches de Buenos Aires y que a los argentinos les espera en el cielo la forma platónica del tango. En ese orden de ideas encuentro la herencia de Gabo.

Leerlo es un privilegio ecuménico, pero sentirse habitante de Macondo es exclusivo de Colombia. Porque nadie en el planeta goza del mismo pasado colectivo. Ninguna membrana se sensibiliza tanto ante la imagen del río Magdalena o la atmósfera de la costa Caribe. Leer a Gabo es como cantar el himno, como izar la bandera. Su deleite ilimitado requiere de esa condición que sólo compartimos los nacidos en este país. Por Gabo, la superficie de Colombia se extendió por los terrenos que él sembró en sus letras. Sus fronteras se han dilatado en dos frentes, uno literario-espacial, cuna de todas las historias que contó en ese pueblo mágico, y el literario-temporal que ahora incluye por lo menos cien años más. Su obra como reflejo de la coyuntura nacional es tan notable, que el fenómeno “nación” en Colombia está inevitablemente ligado a su vida, su trayectoria y su obra. Colonizar esas tierras que él escribió será una fruición patria que incluye entre otros placeres, descubrir la aldea de casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitan por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.

La oferta de leer a Gabo sigue sobre la mesa. Yo sé que calificar algo como admirable es arbitrario, porque cada uno en su asombro revelativo de la obra lo decide. Con todo, consciente de la arbitrariedad de mi exhortación, llamo a leer a Gabo, a leerlo más. Si los resultados, después de un franco intento no desembocan en admiración, qué cagada. En caso contrario, si por fortuna les llega a pasar lo que a mí, sabrán primero que mi consejo no pudo hacerles entrever la maravilla con la que se encontraron, y segundo, que si bien cada quien asimila y aprecia la lectura en la soledad de su intimidad y su bagaje, algo extraordinario tenía ese hombre para con su trabajo haber congregado el ser de una tierra con su tiempo, en el ser de una tierra ficticia con su propio tiempo pero perdidos en el Caribe.

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